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Jeremiah 44
Spanish RV2020 (Reina Valera 2020)
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1
Palabra que vino a Jeremías acerca de todos los judíos que habitaban en la tierra de Egipto, que vivían en Migdol, en Tafnes, en Menfis y en tierra de Patros:
2
—Así ha dicho el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Vosotros habéis visto todo el mal que traje sobre Jerusalén y sobre todas las ciudades de Judá. Ahora están asoladas, y no hay quien habite en ellas
3
a causa de la maldad que ellos cometieron para enojarme, cuando iban a ofrecer incienso y honrar a dioses extraños que ni ellos habían conocido, ni vosotros ni vuestros padres.
4
Envié a vosotros todos mis siervos los profetas, desde el principio y sin cesar, para deciros: «¡No hagáis esta abominación que yo aborrezco!».
5
Pero no oyeron ni inclinaron su oído para convertirse de su maldad, para dejar de ofrecer incienso a dioses extraños.
6
Se derramó, por tanto, mi ira y mi furor, y se encendió en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén. Y fueron puestas en ruina y desolación hasta este día.
7
Ahora, pues, así ha dicho el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: ¿Por qué hacéis un mal tan grande contra vosotros mismos, para que en medio de Judá sean destruidos el hombre y la mujer, el muchacho y el niño de pecho, sin que os quede resto alguno,
8
por hacerme enojar con las obras de vuestras manos, ofrecer incienso a dioses extraños en la tierra de Egipto, adonde habéis entrado para vivir, de suerte que os exterminéis y seáis por maldición y por afrenta a todas las naciones de la tierra?
9
¿Os habéis olvidado de las maldades de vuestros padres, de las maldades de los reyes de Judá, de las maldades de sus mujeres, de vuestras maldades y de las maldades de vuestras mujeres, que hicisteis en la tierra de Judá y en las calles de Jerusalén?
10
No se han humillado hasta el día de hoy ni han tenido temor; no han caminado en mi ley ni en mis estatutos, que puse delante de vosotros y delante de vuestros padres.
11
Por tanto, así ha dicho el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Yo vuelvo mi rostro contra vosotros para mal, para destruir a todo Judá.
12
Y tomaré al resto de Judá que se obstinó en irse a la tierra de Egipto, para habitar allí, y en tierra de Egipto serán todos exterminados. Caerán a espada y serán exterminados por el hambre: por la espada y el hambre morirán desde el menor hasta el mayor, y serán objeto de aversión, de espanto, de maldición y de afrenta,
13
pues castigaré a los que habitan en la tierra de Egipto como castigué a Jerusalén, con espada, con hambre y con peste.
14
Y del resto de los de Judá que entraron en la tierra de Egipto para habitar allí, no habrá quien escape ni quien quede vivo para volver a la tierra de Judá, a la cual ansían volver para habitar allí; porque no volverán sino algunos fugitivos.
15
Entonces, todos los que sabían que sus mujeres habían ofrecido incienso a dioses ajenos, y todas las mujeres que estaban presentes, una gran concurrencia, y todo el pueblo que habitaba en tierra de Egipto, en Patros, respondieron a Jeremías:
16
—No escucharemos de ti la palabra que nos has hablado en nombre del Señor,
17
sino que, ciertamente, pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca, para ofrecer incienso a la reina del cielo y derramarle libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros dirigentes, en las ciudades de Judá y en las plazas de Jerusalén. Entonces tuvimos abundancia de pan, fuimos felices y no vimos mal alguno.
18
Pero desde que dejamos de ofrecer incienso a la reina del cielo y de derramarle libaciones, nos falta de todo, y por la espada y el hambre somos exterminados.
19
Y cuando nosotras ofrecimos incienso a la reina del cielo y le derramamos libaciones, ¿acaso le hicimos tortas para tributarle culto, o le derramamos libaciones sin el consentimiento de nuestros maridos?
20
Habló Jeremías a todo el pueblo, a los hombres, a las mujeres y a todo el pueblo que le había respondido así:
21
—¿No se ha acordado el Señor, no ha venido a su memoria el incienso que ofrecisteis en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, vosotros y vuestros padres, vuestros reyes, vuestros dirigentes y el pueblo de la tierra?
22
Y no pudo sufrirlo más el Señor, a causa de la maldad de vuestras obras, a causa de las abominaciones que habíais hecho; por tanto, vuestra tierra fue puesta en asolamiento, en espanto y en maldición, hasta quedar sin habitantes, como lo está hoy.
23
Por cuanto ofrecisteis incienso y pecasteis contra el Señor, y no obedecisteis a la voz del Señor ni anduvisteis en su ley, en sus estatutos y en sus testimonios, por eso ha venido sobre vosotros este mal hasta el día hoy.
24
Dijo además Jeremías a todo el pueblo y a todas las mujeres: —Oíd palabra del Señor, todos los de Judá que estáis en tierra de Egipto.
25
Así ha hablado el Señor de los ejércitos, Dios de Israel; ha dicho: Vosotros y vuestras mujeres hablasteis con vuestras propias bocas, y con vuestras manos lo ejecutasteis: «Cumpliremos efectivamente nuestros votos que hicimos de ofrecer incienso a la reina del cielo y derramarle libaciones». Y ahora confirmáis vuestros votos y ponéis vuestros votos por obra.
26
Por tanto, oíd palabra del Señor todos los de Judá que habitáis en tierra de Egipto: Yo he jurado por mi gran nombre, dice el Señor, que mi nombre no será invocado más en toda la tierra de Egipto por boca de ningún hombre de Judá que diga: «¡Vive el Señor!»,
27
porque yo vigilo sobre ellos para mal y no para bien. Todos los hombres de Judá que están en la tierra de Egipto serán exterminados por la espada y el hambre, hasta que no quede ninguno.
28
Y los pocos que escapen de la espada volverán de la tierra de Egipto a la tierra de Judá. Sabrá, pues, todo el resto de Judá que ha entrado en Egipto a vivir allí, qué palabra se cumplirá: si la mía o la suya.
29
Y esto tendréis por señal, dice el Señor, de que en este lugar os castigo, para que sepáis que sin duda se cumplirán mis palabras para mal sobre vosotros,
30
pues así ha dicho el Señor: Yo entrego al faraón Hofra, rey de Egipto, en manos de sus enemigos, y en manos de los que buscan su vida, así como entregué a Sedequías, rey de Judá, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, su enemigo que quería quitarle la vida.
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